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Críticas y comentarios

La lectura del excelente libro de relatos “El vendedor de cerezas” (Editorial Celya), de Santos Jiménez, nacido en Cuevas del Valle (Ávila), me ha emocionado, divertido y también me ha  indignado por la crueldad de  algunas historias que se cuentan en estas páginas que me han hecho recordar algunas ‘sevicias’ – un sinónimo de ‘crueldad’ que todavía se usa en el lenguaje jurídico –  de mi infancia ya aparcadas en algún sótano de mi memoria. Pero comencemos por el principio, aunque la “Ilíada”,  la primera obra de la literatura occidental, hace ya 28 siglos, no comenzó por el principio el relato de la guerra de Troya, sino que se saltó las primeras etapas del conflicto armado entre griegos y troyanos, y Homero comenzó, aproximadamente, hacia la mitad de la historia. En la solapa de “El vendedor de cerezas”   leemos que con este libro Santos Jiménez se pasa a la prosa, pero sin concesiones , manteniendo la pulsión. Y Jiménez se ha pasado a la prosa  porque a  ”El vendedor de cerezas”  le han precedido ocho  libros de poesía. He aquí sus cinco últimos libros de poesía que reúnen algunos poemas excelentes: “Diario de un albañil”, “Hojas de lluvia”, “Talladas piedras padre”, “Hacia donde no soy”, “Poemas del fuego”.  La poesía  enseña – a quien tiene talento y disciplina para aprender – a escribir telegramas con buen oído musical. Y así hay que entender ese paso sin concesiones de Santos Jiménez a la prosa manteniendo la pulsión. Estos 55 relatos son relativamente breves: van de la media página – “La corbata”, magnífico relato de humor negro – a las cuatro  páginas de  “Estoy esperando una explosión de niñez  que me debe la vida…”, un espléndido relato .  que cuenta  el trato cruel que en tantos lugares y épocas se ha dado a los niños.

 

Los relatos de Santos Jiménez no son de la estirpe de los cuentos de Chéjov, el maestro supremo de este género literario, que, por la velocidad de su prosa y de sus diálogos tan extraordinarios,  es una especie de precursor de – además, de no pocos narradores estadounidenses – del agilísimo cine de este país.  Los relatos de Santos Jiménez  - también de prosa tan bella como ágil – son de la estirpe de los poemas en prosa de Baudelaire, o de los relatos del espléndido libro  Azul de Rubén Darío,  o de esos magistrales artículos de corte lírico – con un lirismo siempre bien controlado – que publica Manuel Vicent los domingos en un diario madrileño. Si hay un escritor con el que hay que emparentar a Manuel Vicent ese es Gabriel Miró, el emperador de las estampas levantinas. Santos Jiménez ha creado unas cuantas estampas de la vida rural abulense que me han hecho recordar la  frase “los pueblos son muy crueles” que, en una ocasión, le oí a Miguel de la Quadra-Salcedo, una persona de la que, por su currículo de visitante de no pocas selvas,  nadie podrá dudar de que es un enamorado de la vida rural. De hecho, la frase “los pueblos son muy crueles” la pronunció, a modo de puntualización,  tras declarar su amor por ellos.  Y, por supuesto, si los pueblos son crueles, las ciudades no son precisamente  Hermanas de la Caridad del  beato  Ciriaco María Sancha y Hervás, su fundador burgalés, que, en el siglo XIX, fue cardenal arzobispo de Toledo y Primado de España.

 

“El vendedor de cerezas”  se abre con el excelente relato “Balada de los pueblos vagos” que,  exagerando como en el barroco “Polifemo” de Góngora,  ofrece, en una página,  casi más diálogos que todo el resto del libro.  En “El vendedor de cerezas”   predominan los relatos con gran calidad como, entre otros, “El Rubio canta mal,  “La carga del diablo”, “La barbería”, “La taberna”, “Mi tío Lichtenstein”, “El huevo más caro”, “El vendedor de cerezas”   o el sublime relato “Yemas de Santa Teresa y pasteles de Hoyocasero”, que quienes en la infancia hemos adorado los dulces disfrutamos con un plus de placer.

 

Artículo de Ramón Irigoyen publicado en “Diario de Navarra”. Lunes, 2 de septiembre de 2013

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